Como tu madre no te quiere nadie

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Como tu madre no te quiere nadie

Algunas son mujeres llenas de títulos, licenciadas en amor, enfermeras del alma capaces de curar las heridas con un beso, sanadoras del corazón y expertas en cariño. Ellas son nuestras niñeras, nuestras confesoras, nuestras maestras de vida, nuestras eternas acompañantes…

Sus enseñanzas brillan a través de sus ojos, unos ojos que nos han ofrecido el privilegio de ver cada día el reflejo de las batallas de la vida.

“Ellas saben a unos besos que siempre han sabido sellar con suavidad nuestros desvelos y preocupaciones”

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Ellas son unas manos que se han pasado años forjando escudos para protegernos y unos brazos que son mucho más que el rincón en el que nos escondíamos de un mundo al que no queríamos rendir cuentas…

En definitiva, las madres son almas que siempre serán sinónimo de amor, de un amor más puro que nada en el mundo: el de una madre a sus hijos.

Durante nuestro camino la consideración hacia nuestras madres va cambiado

Lo cierto es que cuando somos pequeños pensamos en ellas como una especie de divinidad que todo lo puede y todo lo sabe. Probablemente en la adolescencia rebajamos la intensidad de todas esas creencias para, posteriormente, recuperarlas en la edad adulta con cierta nostalgia.

A los 5 años: “Mamá lo sabe todo”. A los 15 años: “Mamá no sabe nada”. A los 20: “Mamá es una anticuada”. A los 30: “Mejor le pregunto a mamá”. A los 40: “Mamá tenía razón”

Así, hoy por hoy, lo más seguro es que veamos a nuestras madres como omnipotentes y omniscientes superheroínas. Y si ya ocupamos el mismo rol, probablemente la entendamos mucho más y nos preguntemos, ¿Cómo lo hizo?

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Su amor es el culpable

Sea como sea,  su amor es el culpable de que no nos conformemos con cualquier cosa, de que queramos re-aprender a cada instante y de que podamos mirar la vida sintiéndonos tanto capaces de dar amor como merecedores de recibirlo.

“Enseñarás a volar, pero no volarán tu vuelo. Enseñarás a soñar, pero no soñarán tu sueño. Enseñarás a vivir, pero no vivirán tu vida. Sin embargo… En cada vuelo, en cada vida, en cada sueño, perdurará siempre la huella del camino enseñado” -Madre Teresa de Calcuta-

Así es que no se nos debe olvidar dar gracias a cada una de ellas por su paciencia, por su capacidad para hacernos aprender de los errores, por su orgullo, por su decisión y por su amor incondicional.

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Un millón de aplausos por abrazarnos con el corazón, por entregarnos la vida, por haber dormido con un ojo abierto cuando enfermábamos, por darnos tanto y por pedirnos tan poco.

En definitiva, gracias infinito por ser nuestros ángeles de la guarda y aquellas que siempre orarán por nosotros en silencio.

 

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